19.4.17

El fuego de los olvidados

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* Capítulo 2 *

Por las noches, la lluvia arrambla por las calles. Retoza a cada una de las gentes del pueblo y amaga en plazas convirtiendo las fuentes en remolinos de pura densidad líquida.
Esas gotas minúsculas, limpian en profundidad la mugre pegajosa del suelo, enmohecen los bajos de las casas y le dan vida a los árboles que fingían ser inertes. Mientras una niña, presa de un sentimiento de libertad, observaba como la lluvia devastaba todo lo malo que el señor de la guerra había implantado. Aquella niña, de unos diez años, era la hija bastarda del señor de la guerra. Arraigada de lo que pudiera ser el privilegio de ser su hija, la mandó a una casa de acogida.
En donde solo vivían artistas y filósofos. Adoptada por una vida contraria a todo lo que se vive en el pueblo. Ella, aprende de un filosofo y de un pintor a respetar la vida de los demás empezando por ella misma. Conociendo todo lo que le rodea como una extensión más de su cuerpo.
Cuidándola, mimándola, amándola.
Esa noche, la lluvia, limpió las almas impías, despertó a los borrachos que dormían en las calles dejándolos sensatos y a ella, a la niña de diez años, le hizo renacer como una pequeña seta. Y situándola al pie de la pata de la mesa contigua a su cama, convergía un grupo de musgo y hongos. Dando una nueva vida. Dotándole a la pequeña niña de inquietud por ilustrarlos junto a una mesa con pergaminos, óleos y pinceles.

12.4.17

El fuego de los olvidados

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* Capítulo 1 *

Como señor de la guerra manda sobre todo su pueblo, implorando cada uno de sus deseos, calumniando a bebedores avariciosos, quemando a fuego vivo a los gnósticos. Y aquellos que pretenden ser lo que no son, volando entre cantinas y vasos de pútrida arcilla con vino aguado los amarga con sufrimientos. Y acalla las plegarias de sus esposas y prometidas con abusos, palizas y violaciones que para él eran pulcras y benditas. Esas que bien describe él mismo como las que manda Dios. 
El fuego que emana de su vientre. Esa llamarada que nace de mil astillas, de palos secos y putrefactos. Expulsa hedores fétidos, achicharra huesos débiles y cuece a fuego lento el corazón del ser humano, mientras el alma se ahoga entre el fuego con gritos silenciados y susurros que se desvanecen en el cielo. 
Él, sin piedad, sin inmutar nada de su maldito y ansioso reino, sin molestar a toda su descendencia, comete todo tipo de atrocidades llegando hasta tal extremo de rozar con sus dedos la muerte. Porque si él no tiene miedo, su pueblo tampoco debe de tenerlo. Por eso mismo lo castiga y fustiga, día tras noche sin descanso y sin respiro. 
Y por ello el pueblo, renuncia a toda lucha de libertad. Desisten a rebelarse contra su señor y se ahoga en un mar de bebedores fracasados, mujeres violadas y niños con miradas ensangrentadas.

5.4.17

Afasia

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Puede que su mayor miedo sea no poder respirar, no poder notar como el aire entra por sus fosas nasales y viaja de forma sistemática por todas sus vías respiratorias hasta llegar a sus pulmones.

Sentía que los pulmones se le iban encharcando poco a poco. Notaba que se iban llenando de agua, que subía poco a poco por cada poro y le iba quitando el poco aire que contenían.  Le resultaba tan difícil acostumbrarse a lo que le estaba sucediendo, no dejaba de pensar que de un momento a otro sus pulmones dejarían de funcionar, perdería la noción del tiempo y perdería por completo la consciencia cayendo preso de un sueño repetitivo y angustioso. 

Dejaría que su instinto tomara el control de todo y le llevara a un viaje con un destino bastante fijo. Uno del cual no habría retorno. Y a saber si podría o no rehacerse entre sombras y susurros. A saber si entre tanta incertidumbre los huesos soportarían tanto peso y podría volver a ese punto de reencuentro en el cual pudiera volver a fusionarse para volver a ser el que había sido. 

Pero no lo veía claro, es más, cada vez se le hacía más insoportable el tener lucidez en sus pensamientos. Todo se le iba haciendo cada vez más turbio y poco a poco dejaba de sentir sus miembros.

Lo primero que dejó de sentir fueron sus pies, dejó de sentir la picazón en las plantas en cuanto empezaron a encharcarse los pulmones, después dejo de sentir las piernas, no notaba que le sostuvieran porque tenía la sensación de que flotaba en una balsa que le mecía con suavidad hacia al frente y hacia atrás, hacia un lado y hacia el otro. Lo peor vino después, porque se le empezaron a paralizar las tripas hasta tal punto que no sentía ni escuchaba los crujidos de su estómago los cuales se propagaban a la velocidad de la luz entumeciendo los brazos y los dedos, ya que tan solo sentía en las yemas un hormigueo voraz que le creaba un estado de embriaguez que lo adormilaba aún más y se iba extendiendo hasta sus neuronas que se iban atontando más y más. El punto de no retorno se le hacía cada vez más real.

Y el paso de los segundos se le hacían demasiado eternos, aquello estaba siendo una tortura. Estaba sufriendo un auténtico infierno. Y su gran castigo era notar que el agua penetraba con más profundidad en sus pulmones. Parecía que estuviera a punto de estallarle el pecho y romperlo en dos mitades para dejarlo aún más roto de lo que ya estaba antes de entrar en ese lugar.